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Molinos: entre la desaparición y el asesinato extrajudicial


1 de Noviembre de 2015 - Goya Wilson Foto - Molinos: entre la desaparición y el asesinato extrajudicial

Molinos: entre la desaparición y el asesinato extrajudicial

¿Y cuándo vuelve el desaparecido?

Cada vez que los trae el pensamiento.

¿Cómo se le habla al desaparecido?

Con la emoción apretando por dentro.

                                                                            

Las desapariciones tienen que ver con imposibilitar a los familiares la presencia del cuerpo necesario para los rituales colectivos frente a la muerte. La ausencia de cuerpos, hace imposible el procesamiento del duelo.

Las desapariciones también son un no-saber, pero no desde la ignorancia, sino desde la incertidumbre, la producción intencionada de una falta de certezas. No de cualquier certeza, sino de aquella sobre la vida y la muerte.

Las desapariciones también implican hechos interminables, no es un evento finito, es un no-saber que se prolonga en el tiempo, que sigue ocurriendo y permanece. Una permanente ausencia cargada de incertidumbre.

Los desaparecidos habitan un limbo, en el que no están ni vivos ni muertos, en el que no están: “se dice que le mataron”, “se nos ha negado el cuerpo”, “no lo pudimos enterrar”, “yo solo quiero saber”, son expresiones comunes de familiares ante hechos que no tienen mayor explicación.

En el caso de los Molinos, allí en Abril de 1989 los militares desaparecieron a miembros de la comunidad, potenciales testigos, potenciales sospechosos, potenciales algo… quizás solo por si acaso, “rastrillaje” le dicen –la cosa es que nunca se supo más de ellxs… Por qué? Tampoco se sabe. El caso sigue lentamente como muchos casos en los juzgados, interminables… pocos pueden dar razón de cómo va. Hace mucho que ni en las noticias aparece.

Desaparecieron también los cuerpos de aquellos que militaban en el MRTA, de ellos tampoco se sabe bien cómo murieron, un enfrentamiento dicen unos, emboscada aseguran otros… asesinatos extrajudiciales o muertos en combate. Se dice que los cuerpos están enterrados en una fosa común, eso dicen que sí se sabe, de eso hay registros. Pero antes de enterrarlos les quitaron las ropas, de eso hay fotos. A la fosa común le pasaron una aplanadora después y hasta cemento, de eso hay relatos… dicen que para que luego no les puedan identificar, pero no se sabe.

A la fosa común no iban familiares al principio porque decían que estaba vigilada, que chequeaban a los visitantes, que iban a las casas y saqueaban todo recuerdo de aquellos que estaban ahí enterrados… así lo sentían los familiares, visitar a sus muertos se volvió un peligro. Porque las desapariciones se dan en un contexto de represión desde el Estado que las agravan, donde hasta la búsqueda de información o los rituales de conmemoración se convierten en riesgos a la vida y la seguridad de sus protagonistas.

Para las hijas e hijos ha sido todavía más complicado, al no haber información, al no haber cuerpos identificables, al no haber tumbas señalizables… no hubieron certezas. El paso del tiempo no contribuye a elaborar la pérdida, la hace más dolorosa aún. Una tortuosa duda siempre presente sobre el cuerpo ausente: Y si no murió? Y si acaso está vivo? Será que vuelve?

Hace 10 años exhumaron los cuerpos de aquella fosa común. No había ningún interés de devolver los cuerpos a los familiares. La razón era más bien para dar cuenta de los comuneros desaparecidos, porque hay una investigación en la fiscalía por esas desapariciones. Para ese juicio, era necesario saber quienes yacían en la fosa común, comprobar su identidad. Sin embargo, aquellos del MRTA no tenían importancia, ni sus comunidades, ni sus familias que no pudieron enterrarlos, ni sus hijxs que viven con la incertidumbre, la sospecha, cierta esperanza necia o quizás ilusión cansada.

Hace 10 años que algunxs familiares incluso dieron muestras de ADN, para que identifiquen a sus muertos, para que les entreguen los cuerpos, y quizás así cerrar un proceso, adquirir alguna certeza, elaborar algún ritual colectivo con la presencia de sus cuerpos, comprobar algo, quizás recuperar el dolor y reelaborar la indignación, o poder despedirse quizás, finalmente.

Pero hace 10 años que nadie quiere dar razón de ese proceso, cada cierto tiempo dicen que los van entregar, cada cierto tiempo los familiares están a la expectativa, pero nada pasa… dicen que están en la fiscalía de Jauja, pero algunos sospechan hasta de eso.

En una ocasión fui con una de familiares a preguntar cómo iba la investigación que decían que llevaba la fiscalía provincial. Al llegar, lo primero que preguntaron fue si su familiar era “víctima” o “terrorista”, “iba en el camión o era de la comunidad?” Marcar esa diferencia era importante en la fiscalía, el paso previo para cualquier conversación... aunque una vez establecido quién era quién, tampoco dieran mayor razón de la investigación, o quizás por eso mismo.

Y es que no son desaparecidos porque se sabe dónde y cuándo les mataron, se sabe quiénes estuvieron ahí. Aún así, se vuelven desaparecidos porque sus cuerpos no fueron entregados a sus familiares sino enterrados en una fosa común sin identificación, luego exhumados y depositados en cajas como NN en una oficina del poder judicial… sin nombre. Y porque en el contexto en que murieron, tanto la busqueda de información como la busqueda de sus restos es dificil, interminable y hasta riesgosa… Por qué no se identifican sus cuerpos? Por qué no devuelven sus restos? Qué pasó con ellos? Quiénes son? Dónde están?

Son preguntas que nos atañen a todxs porque tanto las desapariciones en la población de no-militantes y militantes como los asesinatos extrajudiciales que se convierten en desapariciones, tienen en común producir esa suerte de limbo donde las categorías del lenguaje se quiebran frente a lo inombrable. Y porque tienen impactos comunes, impactos que trascienden a lxs familiares, que alzanzan finalmente a la sociedad. Como nos hace ver Ximena Antillón[1], las ejecuciones extrajudiciales y las desapariciones forzadas, son formas de control social, que operan a través del miedo, la impotencia y la paralización como individuos y como parte de una sociedad. Somos hoy una sociedad marcada por estos hechos, vivimos marcados por la desconfianza y la amenaza, limitando nuestra posibilidad de construir proyectos colectivos, sobre todo aquellos que buscan una transformación social.



[1]Antillón Najlis, Ximena (2008) La Desaparición forzada de Rosendo Radilla en Atoyac de Álvarez, Guerrero, México.

 

 

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