Hijos / Hijas de Perú

Los rendidos, una historia de amor


14 de Abril de 2015 - Invitado Foto - Los rendidos, una historia de amor

Nelson Manrique (http://goo.gl/74uHy8)

Confieso mi sorpresa ante las reacciones que viene suscitando la lectura del excelente libro de José Carlos Agüero Los rendidos. Sobre el don de perdonar (IEP 2015), un texto marcado por la condición vital de su autor, cuyos padres eran senderistas y fueron abatidos extrajudicialmente. Las reacciones van desde la demanda, obviamente justa, de avanzar por el camino de la reconciliación hasta el reclamo al autor por lo inexacto o incompleto del fresco histórico que traza sobre el tiempo de la guerra interna en el Perú, o por su necesidad de ser perdonado por culpas ajenas, o de perdonar, a su vez. 

En mi lectura, el texto es un sincero y doloroso -por momentos lacerante- viaje interior, al que no se le puede reprochar falta de objetividad porque no la pretende ni la quiere, ya que lo que busca es transmitir una vivencia absolutamente personal, y por tanto subjetiva, de una experiencia ajena y desconocida para la mayoría de los peruanos. Proponernos ejercicio de empatía que nos obligue a volver a ver la realidad desde los ojos de los otros: “Desestabilizar los pactos a veces inconscientes con los que damos por natural nuestra realidad, nuestra historia de la guerra y su proyección en el orden presente” (15).

José Carlos Agüero recurre al testimonio no para protestar por la injusticia personal que le ha tocado vivir por el estigma que ha sufrido, por las opciones de sus padres, o para exigir vindicación alguna, sino como una manera de invitar al diálogo sobre cuestiones que no son sólo personales sino públicas, convocando a nuestra capacidad de ponernos en los zapatos de nuestros semejantes. Se ha dicho y escrito tanto sobre quiénes son los senderistas y sobre el mal que han causado, que se ha construido un sólido y cerrado sentido común sobre el tema. Agüero demanda la oportunidad de compartir una nueva mirada: “Tantos años y seguir siendo un pretexto para performances banales de aparente comprensión. Todos podemos hablar de estas personas porque nos hace mejores hablar de ellas. Porque puestos a su lado, resplandecemos y se ve mejor nuestra bondad. Porque enfrentarlos desde la seguridad de nuestra ética o nuestra razón con nuestro indudable carné democrático, nos permite zanjar con ellos y reafirmarnos como sus diferentes” (35). 

Basta revisar los títulos con que el autor ha dividido su libro para intuir el mundo desde el cual escribe: estigma, culpa, ancestros, cómplices, las víctimas, los rendidos. El libro está constituido por decenas de pequeños textos que contienen algo de testimonio, pero sobre todo una profunda reflexión personal, alimentada por la necesidad de situarse, y situarnos, a partir de una experiencia vital muy singular. No es, sin embargo, una colección de textos descuidados, al contrario. Agüero viene de una larga militancia en la lucha por los derechos humanos. Trabajó en la Comisión de la Verdad y Reconciliación y tuvo oportunidad de conocer de primera mano los crímenes cometidos por los compañeros de militancia de sus padres, entrevistando a campesinos víctimas de la guerra, y muchas de sus reflexiones fueron compartidas y discutidas largamente en el Taller de Estudios de Memoria del IEP. No pretende reivindicar a sus padres. Condena sin ambages los crímenes de Sendero Luminoso y reconoce y acepta la responsabilidad de sus padres. Comparte experiencias personales tan terribles como el anonadante sentimiento de alivio que le embargó cuando supo que su madre (“¡por fin!”) había sido muerta, así como la ulterior elaboración de ese sentimiento atroz, sólo comprensible desde una situación límite vivida a lo largo de muchos años.

El libro constituye un valiente intento de dar voz a otros que han vivido situaciones parecidas y no tienen oportunidad de expresar sus sentimientos, y de aportar a la comprensión de un momento profundamente duro de la historia peruana, que exige una reelaboración mucho más profunda que zanjarlo con cuatro etiquetas cómodas dentro de las cuales encerrar una historia tan compleja y traumática. 

Y ahí está Agüero, invitándonos a revisar certidumbres, lejos de pretender aportar otra verdad a las existentes, ofreciéndonos su experiencia como una manera de poder construir juntos los significados que nos ayuden a redimir esta historia. “Porque desde este saber endeble, desde esta desposesión de la verdad, tengo la esperanza de que la duda y su modestia puedan invitarnos a abandonar nuestras trincheras y sentir curiosidad por el padecer de los que nos son ajenos e incluso odiados. Porque aunque ajenos, quizá no son necesariamente tan lejanos, quizá un reflejo nuestro de una generación entera mora en esos que son los enemigos” 17.

 

 

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