Hijos / Hijas de Perú

La Última Batalla de Manzueta


25 de Marzo de 2015 - Invitado Foto - La Última Batalla de Manzueta

Por. Alberto Galvez Olaechea

Esta es la breve historia de Manzueta Rojas Moreno y su DNI, o mejor, de los padecimientos por los que tuvo que pasar Manzueta por un DNI que no tuvo, o quizá, para ser aún más preciso, es la historia de una mujer quechua‐hablante y empobrecida (valga la redundancia) del ande peruano.  

Para algunos este será uno de tantos calvarios en un país lleno de ellos. Pero para su hijo, preso desde hace 20 años, es el desgarramiento de la impotencia por haber perdido a su madre sin verla en el último tramo de su vida y por no haber podido hacer nada para aliviar su sufrimiento. Pero vayamos al principio.

Manzueta nació un año impreciso que ni ella ni sus familiares podían recordar. Habían tardado en escribirla por que su padre no quiso firmar el acta de registro debido a las dudas que tenía sobre su paternidad. Nunca sabremos las razones de esas dudas y ya no importan. Pero aquí comenzaron los problemas de la pequeña, pues como no tenía papeles no la aceptaron en el colegio y con eso solo reprodujo la usual desventaja de las niñas rurales, dedicadas al pastoreo y las labores domésticas. Cuando adolescente se comprometió con un hombre veintidós años mayor y con él tuvo seis hijos, uno de los cuales fallecería siendo niño. Recién a inicios de la década de 1980, con más de treinta años a cuestas, Manzueta obtuvo por primera vez su Libreta Electoral gracias a los trámites y malabares de su marido, quien quería regularizar su matrimonio.  

El año 1991 el PCP‐SL entró al distrito de Jacas Grande de la provincia de Huamalíes en Huánuco y quemó el local municipal con todos sus archivos. Al hacerlo suprimió a Manzueta del mundo humano. Solo la Libreta Electoral era prueba de su existencia.

Manzueta y su esposo eran gente de campo; trabajaban la pequeña chacra que apenas les permitía subsistir. Iba poco al pueblo y nunca hacía trámites, por lo que su Libreta Electoral permaneció guardada en el baúl de la casa, como un amuleto, junto con unas fotos y las pocas cosas de valor de la familia. Juan Cierto Reyes, el marido de Manzueta, era un campesino trejo y animoso, que hizo sus mejores esfuerzos para sacar adelante a la familia. Labraba arduamente la parcela familiar y en la época de para estacional bajaba hacia la selva de Tingo María o de Tocache, donde se empleaba de jornalero en alguna de las campañas de siembra o cosecha de café, cacao, plátano o coca (cuando su hijo mayor, Winkler, cumplió  ocho años, empezó a acompañarlo en este recorrido, hasta que un buen día, ya adolescente, se sintió fascinado por la revolución integrándose como combatiente en uno de los grupos armados que peinaban la zona).  El 12 de mayo de 1997 Juan Cierto Reyes volvió de la chacra, almorzó,  se sintió extrañamente fatigado y le dijo a su mujer que descansaría un rato. Se recostó y no despertó más.  

Viuda a los cincuentaitantos años, Manzueta continúo trabajando apoyada por sus hijos, con la vejez prematura de la rudeza y del sufrimiento. En esas andaba cuando el año 2010 unos vecinos le avisaron que el programa Juntos había llegado a su comunidad y le aconsejaron que se inscribiera para obtener algunos de los beneficios que ofrecían. Sacó su Libreta Electoral del baúl y se presentó ante los funcionarios extendiéndoles la cartulina sellada que contenía su foto, esperando que, por primera vez, tuviera alguna utilidad. Descubrió entonces con asombro que su preciado y nunca usado documento era obsoleto, que había envejecido con ella, que ahora en el Perú moderno se usaba algo que se llamaba DNI, y que tenía que entregar su añeja Libreta Electoral para que pudieran registrarla y hacer el cambio.  

Cuando regresó por su DNI le comunicaron que no aparecía en el “sistema” (lo que probablemente le sonó a chino) y que tendrían que reinscribirla, para lo cual requerían de su partida de nacimiento. Pero la bendita partida de nacimiento no había forma de obtenerla porque la municipalidad no tenía los archivos, quemados por Sendero. Volvió compungida y entonces le solicitaron una declaración jurada y unos testigos que acreditaran que era quien decía ser. Con esfuerzo y ayudada por sus hijos, Manzueta cumplió las exigencias de la oficina de la RENIEC en Huánuco y se armó un Expediente. Desde entonces, y por los siguientes años, Expediente hizo piruetas, subió, bajó, vino y se fue, pero nunca se concretó el bienaventurado DNI que le abriera las puertas no del paraíso, sino simplemente las de nuestro endiablado Perú. Lo peor fue que Expediente, entre tantas marchas y contramarchas, se extravió en algún recodo del camino y nadie sabía dar razón de él. A diferencia del Pedro Rojas de Vallejo, quien tenía un documento que probaba que “nació muy pequeñín mirando al cielo”, la desaparición de la Libreta Electoral de Manzueta simplemente la borró del mapa.  

Vale la pena añadir que Manzueta vivía en el campo y para alcanzar el pueblo más cercano, Carhuapata, necesitaba por lo menos una hora de camino; y llegar a la capital del distrito, donde podía hacer su trámites, le significaba por lo menos cuatro horas de caminata, problema mayor para una mujer que andaba ya por los 65 años. Además era quechua‐hablante y eso le dificultaba la comunicación con funcionarios no siempre amables y a quienes temía. Sus hijos, cada uno afrontando sus propias peleas por la subsistencia, no siempre podían acompañarla. Se replegó en su pequeño mundo donde ninguna falta le hacia el susodicho DNI. Manzueta pagó a los funcionarios con su misma moneda: indiferencia. Resolvió ignorar a una institución que la ignoraba.

Al cabo de un tiempo la vida se encargó de mostrarle la importancia de ese pedacito de cartulina azul que le habían enseñado y que se le hacía tan difícil de conseguir. En octubre del año 2014 Manzueta se enfermó, cosa inusual en una mujer laboriosa y eternamente saludable. Le salió una llaga en la boca y sus hijos la llevaron al centro de salud de Llatas (capital de la provincia de Huamalíes), donde el médico que la examinó superficialmente dijo que esa úlcera parecía ser producto de una depresión y que tendrían que cauterizarla, pero que eso solo podían hacerlo en Huánuco o Lima pues ahí carecían de medios.

En noviembre del 2014 Manzueta se agravó, la llaga crecía  y le impedía alimentarse, lo cual la estaba debilitando aceleradamente. En la posta de salud de Carhuapata le dijeron que para atenderla necesitaba inscribirse en el SIS, para lo cual era indispensable el famoso DNI, pues solo así podrían  derivarla a otro centro de salud especializado, cubrir los gastos de medicinas, etc.

Y ahí comenzó última y definitiva batalla de Manzueta por su DNI. Batalla que no pudo ganar. Ante la imposibilidad de resolver el problema en Huánuco, donde solo daban excusas. A través de una amiga se estableció comunicación con la Defensoría del Pueblo, que algo hizo, y con una amistad de RENIEC en Lima que empujaba el papeleo. Pero la lucha era ahora no solo contra una burocracia poco sensible, o a lo mejor poco eficiente (o más bien ambas cosas, que no son excluyentes), sino también contra el reloj. Cuando el grupo de trabajo de la RENIEC llegó a la casa de Manzueta el 29 de enero del 2015 a tomarle la foto y las huellas, registraron el último acto de su vida. El cáncer no dio tiempo para más. Definitivamente fue más eficaz en llevarse a su víctima que el Estado en protegerla.  

La madrugada del 31 de enero del enero del 2015  Manzueta  se apagó. En la foto que tomaron los funcionarios para un DNI que nunca obtuvo, es notoria la llaga abierta que ya le había carcomido la mejilla. Era demasiado tarde para esta mujer sencilla para la cual el Perú nunca dejó de ser tan ancho y tan ajeno.

 

***

El hijo de Juan Cierto y Manzueta Rojas— Winkler— se encuentra preso en el Penal Miguel Castro Castro desde diciembre de 1995, cumpliendo una condena de 20 años por haber militado en el MRTA. La suya es otra historia que valdría contar. Ya será en otra ocasión.

 

 

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